La noche es más nuestra cuando hace frío. En la penumbra helada, cuando el día muere a la orilla del mar, con el último aliento un beso húmedo salta de las olas en forma de niebla para envolverlo todo: casas y árboles, acantilados y arena, colinas y calles. El mar se queda triste al despedir a su amante, la luz. Las nubes bajan del cielo y cubren con su manto vaporoso la falda de las montañas, que se convierten en mujeres fantasmales, cientos de ellas, como madres de otros siglos, lloronas de leyenda urbana, nanas que entonan canciones de cuna que son un susurro. Así son las noches de Santa Bárbara. Aunque a mediodía el sol caliente la playa y los parques, con su tacto suave acariciando la piel de los niños y haciendo crecer a las plantas que despiertan con los rayos dorados, por las noches siempre hace frío.
Algunas noches comienzan con crepúsculos de cine. El cielo se tiñe de rojos y dorados que juegan con el azul y dejan pasar el vuelo de un ave que traza con caligrafía primorosa la firma del pintor, el creador del universo o el concepto que cada quien tenga del misterio profundo, el espíritu que revoloteaba sobre el caos anterior al mundo. Si el alma se aquieta, si se sumerge en el silencio, podrá escuchar el mensaje que le da sentido a los días y belleza al infinito, donde habitan las sombras.
Nuestro amigo Andrew creció en Canadá y vivió en Maine una juventud de cabañas de troncos y libros interminables para leer frente al fuego. A veces, en este clima californiano, rodeado por sus hijas y su mujer, cuando más feliz debería ser, extraña los inviernos despiadados de viento gélido que acuchilla la ropa y mete el frío a los huesos. Él quisiera volver a sentir el amor de una chimenea mientras escucha a lo lejos el crujir de los árboles sin hojas que parecen llorar con lágrimas de nieve y escarcha. Quienes aman esos climas añoran el momento de llegar a casa y sentir el abrazo del calor que hace adentro. Quieren de nuevo perder la mirada en la danza de los troncos ardiendo, consumir sus penas conforme se agota el madero, volver a encender la alegría con la siguiente brasa, y girarlas para que se quemen del todo, mientras ellos reciben el golpe cálido del hogar. Quizá por eso buscan el ambiente helado: para entibiar el corazón, para abrir las compuertas del llanto que se llora por dentro, ese que no asoma a los ojos secos.
El chileno Neruda describió en el Poema 20 la más bella, la más triste noche, donde tiritan azules los astros a lo lejos y el viento gira en el cielo y canta. Volver a leerlo es sentir la nostalgia que muerde a quienes se atreven a vivir sin miedo. El joven escritor trasmite como ninguno la emoción del amor adolescente que se repite en los muchachos que tiemblan ante la visión de la chica amada con el corazón desbocado, vuelto caballo torpe que baja a galope desde la boca hasta el estómago, dando coces en el pecho, acelerando la sangre, incendiando la frente, dejando los labios mudos. Neruda debería ser lectura obligatoria para todos, para que los viejos renazcan en el amor y los jóvenes comprendan lo que estremece su cuerpo.
Jaime Sabines, el amoroso, escribe:
Te quiero, amor, amor absurdamente,
tontamente, perdido, iluminado,
soñando rosas e inventando estrellas
y diciéndote adiós yendo a tu lado.
Te quiero desde el poste de la esquina,
desde la alfombra de ese cuarto a solas,
en las sábanas tibias de tu cuerpo
donde se duerme un agua de amapolas.
Cabellera del aire desvelado,
río de noche, platanar oscuro,
colmena ciega, amor desenterrado,
voy a seguir tus pasos hacia arriba,
de tus pies a tu muslo y tu costado.
(fragmento de Amor mío, mi amor, amor hallado…)
Decía Italo Calvino que en la primera hora de la mañana, cuando los músculos están descansados y la mente clara, cuando debemos prepararnos para iniciar el día y llenar de fuerzas el espíritu, deberíamos leer poesía, no los periódicos cuajados de malas noticias.
Después vendrá la dura jornada, la cotidiana lucha por hacer coincidir las cifras, la ilusión de que este mes haya más ventas, se dé bien la cosecha, que el cielo no traiga heladas ni tormentas despiadadas, que venga la lluvia benigna, que lleguen los clientes, que salga bien el proyecto. Suplicamos en silencio oraciones imperceptibles, que marcan el ritmo del trabajo. A la hora en que el sol se pone, el alma busca la imagen de las sábanas, el momento de apagar la lámpara, de arrebujarnos bajo las mantas en el cobijo del sueño, la visión onírica que nos reconcilia con la realidad.
Antes de dormir, en esa breve ceremonia nocturna, haríamos bien en escuchar la voz inaudible de los poetas y seguir el camino de sus metáforas. Así pondremos en orden nuestra casa, haremos una reflexión más completa, convocaremos a quienes se han ido, pero se quedan para siempre. Octavio Paz, la inteligencia lúcida, lo dice con estos versos:
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al que se fue por unas horas
y nadie sabe en qué silencio entró.
De sobremesa, cada noche,
la pausa sin color que da al vacío
o la frase sin fin que cuelga a medias
del hilo de la araña del silencio
abren un corredor para el que vuelve:
suenan sus pasos, sube, se detiene...
Y alguien entre nosotros se levanta
y cierra bien la puerta.
Pero él, allá del otro lado, insiste.
Acecha en cada hueco, en los repliegues,
vaga entre los bostezos, las afueras.
Aunque cerremos puertas, él insiste.
(fragmento de Elegía interrumpida)
La noche es cómplice del pensamiento. Nada como el universo que se estira conforme lo contemplamos, para sentir que en verdad duramos poco, somos escritura y allá arriba alguien nos deletrea, como dice Paz. El firmamento que brilla en joyas parpadeantes, el terciopelo azul marino que cae como telón para que luzcan las estrellas, puede ser el inicio de una cadena de ideas, un tren que va por la vía mental encendiendo luces, iluminando recodos y atravesando puentes.
Cuando se marcha el sol, y nos queda sólo el reflejo de su luz en la luna, podemos desnudarnos en la habitación invadida por la sombra, y sacar del fondo del recuerdo las palabras que oímos en la infancia, los terribles juegos de los hermanos, las voces de los primeros amigos, la emoción del primer amor. Dejar correr la película interior, que se encienda el proyector de la memoria lleno de imágenes y música, y volvamos a contar nuestras bendiciones para convencernos de que la vida es buena, a pesar de todos los males. Sentir que podemos una vez más esperar contra toda esperanza.
Sea como sea nuestro proceso, en forma de ecuaciones o silogismos, necesitamos del silencio, la oscuridad y la quietud para volver a pensar en lo que tenemos y lo que nos falta. Lo que hemos perdido en el camino. Lo que podría haber sido y no fue. Lo que es, pero nunca debió haber sido. Lo que somos. Lo que ya nunca más seremos. Las experiencias humanas que nos habremos perdido sin remedio. El dulce sentimiento del amor revivido, la triste pérdida de los momentos idos. Mis últimos versos hurtados a los poetas corresponden a Gioconda Belli, de Nicaragua:
Noche cerrada
ciega en el tiempo
verde como luna
apenas clara entre las luciérnagas.
Sigo la huella de mis pasos,
el doloroso retorno a la sonrisa,
me invento en la cumbre adivinada
entre árboles retorcidos.
(fragmento de Cómo pesa el amor)