Rebeca, mi nieta
 
Rebeca llegó a nuestra casa envuelta en su pañal de tela y un mameluco rosa. Tiene tres meses de edad y la dulce expresión de quien hace poco vivía en un paraíso de agua tibia, envuelta en la piel de su mamá, escuchando el latir de los dos corazones mientras se alimentaba por el cordón umbilical.

Verla me estremeció hasta los cimientos. Ella estaba en brazos de mi hijo y yo no podía cuidarla. Tenía que hacerlo él.
Rafael nos había anunciado, hace tiempo, que llegaría el momento en que sería papá. A sus diecisiete años se convertiría en padre virtual de un bebé producto de la tecnología que ha transformado a nuestro mundo hasta hacerlo irreconocible. No sabía quién sería la madre.
La decisión fue tomada al final del semestre: escogió a su amiga Aura y ella estuvo de acuerdo. Decidieron los horarios para el cuidado de su nena, y se repartieron la crianza. También tendrían que estar juntos los tres, el llamado "tiempo de calidad". 
Lo primero que hicieron fue decidir el nombre: Rebeca. Me encantó la elección porque la pequeña se llama como mi amiga del alma, una de las hermanas que la vida me brindó.
Rebeca se parece tanto a un bebé real que quita el aliento. Los padres designados llevan un brazalete electrónico en las muñecas donde se guarda un detector que los identifica. No se pueden quitar el brazalete, sólo el profesor puede hacerlo. Al recibir instrucciones para cuidar a la pequeña robot, dan uno de los pasos más trascendentes de su educación. De esto se percatarán una década después, cuando quizá sean padres de niños reales, de carne y hueso, traídos al mundo por amor, si todo sale bien; niños sanos y felices, si todo sale maravilloso.
La marca de esta muñeca es RealCare® Baby. Tiene las facciones, la mirada, el tamaño, el peso y la imagen de un bebé de verdad. Su piel es suave y exhala el aroma de los niños pequeñitos. Viene en siete diferentes estilos de cabeza, puede ser varón o mujer, y la unión entre la cabeza y el cuello es muy delicada, como en los recién nacidos.
Cuando Rafael me mostró su brazalete y me comentó sus tareas, no imaginé que la aventura fuera tan minuciosa. Rebeca gime, emite sonidos guturales, llora y desespera a sus cuidadores como hicieron mis propios hijos conmigo, y cualquier bebé con sus padres. Estos nenes artificiales tienen una memoria que registra el tiempo que pasaron llorando sin que los atendieran, además del tipo de descuido del que fueron víctimas. Sus baterías se recargan como se hace con un teléfono celular, conectándolas a un enchufe normal en la pared. De la lectura de sus chips depende la calificación de los alumnos que se comprometen a cuidarlos.
Los estudiantes que deben asumir este proyecto casi nunca conviven con bebés reales. Vienen de familias cada vez más pequeñas, donde los hijos se reúnen con vecinos o amigos de la misma edad. A estas alturas, casi ninguno tiene el deber de ser niñero de hermanitos o primos. Hemos criado hijos que, con el pretexto del estudio, se involucran cada vez menos con el trabajo doméstico. No saben lo que significa pasar una noche en vela, auxiliando como enfermeros, tratando de calmar un cólico o un dolor de oídos.
Cuando se les entrega el robot, tendrán que hacer lo que pocas veces hacen en la vida real: acariciarlo para que el falso bebé identifique a su cuidador. Lo deben acurrucar, cambiar el pañal, arrullar, dar el biberón y hacer que eructe. Deben tener cuidado de que la cabeza no se vaya hacia atrás. Que el cuerpo esté siempre protegido y libre de peligros.
El joven padre tenía examen final de matemáticas al día siguiente de una de las noches que Rebeca pasó con nosotros. La muñeca despertó a las cuatro de la madrugada, llorando sin parar, cada vez más fuerte, haciendo caso omiso al biberón, el arrullo y las caricias. Rafael, desesperado, estuvo a punto de llamar a la maestra, el último recurso posible.
Los bebés artificiales y su cuidado registrado por computadora son la forma más avanzada de enfrentar y prevenir el peligro real de los embarazos en adolescentes. 
Hasta hace muy poco tiempo, la forma de frenar el impulso biológico estaba basado en creencias, amenazas y amonestaciones. En nuestro mundo de hoy no hay advertencia verbal que surta verdadero efecto. Las escuelas tienen que llegar a extremos como adquirir robots.
En los seres humanos actuales ha ocurrido un desfase que llega a ser catastrófico. La adolescencia es el periodo biológico en que los deseos llegan a dominar el cuerpo. También es el tiempo de la belleza. Es la dictadura de las hormonas y la edad natural en que deberíamos comenzar a tener hijos para conservar nuestra energía por varios años, al menos hasta que esas criaturas lleguen a su propia adolescencia. 
Algunos chicos universitarios son tan hermosos que, si los miras fijo, pierdes la concentración. Tuve en mis aulas hombres y mujeres nimbados por un aura de sensualidad tan fuerte, que yo evitaba verlos de frente porque me distraían del discurso académico. Algunas niñas eran lindas como las madonnas del Renacimiento, con su piel dorada y la expresión de inocencia que debió haber fascinado a los pintores italianos. Entre los muchachos había atletas perfectos como los modelos clásicos griegos.
Toda esa armonía, toda la predisposición al amor y a la entrega total, por no hablar de la presencia casi física de la pasión que les hace brillar, que los señala en las multitudes y provoca que los sigamos con la vista, todo eso tiene que ser controlado, macerado, reprimido, para que los jóvenes esperen y maduren, proceso que puede tardar otros diez años, hasta que la sociedad decida la hora en que tienen autorización para buscar pareja porque han cumplido con los requisitos.
En el último siglo hemos alargado los años de preparación académica y educación familiar; los acogemos en el hogar (o la residencia universitaria) cada vez por más tiempo. Abundan los jóvenes de veintitantos que al ver cercana la fecha de la graduación, buscan la manera de seguir estudiando, de viajar un poco, con el pretexto de que todavía tienen que madurar… y así seguir dependiendo de sus padres.

Dice Neruda en su Poema 14:
“Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
Hasta te creo dueña del universo. 
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.
Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos.”
Quieren los muy jóvenes comerse a besos la piel con sabor a frutas. Para evitar que de los besos pasen a mayores, se les ponen en los brazos muñecos manejados por computadora, para que no pierdan de vista la complejidad de las posibles consecuencias. Los besos pueden iniciar como juego de niños, pero tener niños ya no es ningún juego.
Julio 6, 2010