La insoportable terquedad del ser
 
En un reciente viaje a Los Ángeles recorrimos algunos espacios del centro, especialmente los del distrito teatral y artístico, donde el Walt Disney Concert Hall es una estrella refulgente, que ilumina con su belleza de plata la esquina de First Street y Grand Avenue.
 
Fue un proyecto carísimo: los primeros cincuenta millones de dólares fueron donados por la familia de Disney, y se sumaron a este esfuerzo el Condado de Los Angeles (dueño del terreno) la empresa constructora, que hizo su trabajo en forma honoraria (Frank O. Ghery y Asociados) y cientos de donadores.
 
Es un homenaje a la música, un poema con brillo de acero, un baúl de sueños en forma de barco. Es la Canción del pirata de Espronceda convertida en un edificio (“Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín...”) A la manera de su hermano mayor, el Museo Guggenheim de Bilbao, que para mí es la suprema catedral del arte contemporáneo, esta sala de conciertos, sede de la Orquesta Filarmónica de Los Angeles, es un tributo a la terquedad.
 
Su diseño data de 1987. La inauguración fue el 23 de octubre de 2003. Dieciséis años de construcción, miles de historias ahí contenidas, muchas de ellas relacionadas con la persistencia, disciplina, fuerza de voluntad o terquedad sin límites, según cada quien interprete, de su constructor, uno de los arquitectos más renombrados de este momento histórico.
 
Ghery quiso hacer un edificio de piedra que soportara los terremotos y saliera ileso. Sometió a los miembros de la mesa directiva una serie de propuestas. Ninguna fue aceptada. Ghery suspendió el proyecto. No le interesaba trabajar en un edificio que no llevara su sello, trasmitiera su sentido de la belleza y albergara el mejor espacio posible para escuchar una sinfonía en todo su esplendor.
 
Las primeras propuestas estaban listas cuando ocurrió lo que ya sabemos: los rusos, luego de la Perestroika, pusieron a la venta materiales destinados a su extinta carrera espacial, entre ellos miles de placas de titanio. Ghery se enamoró de las cualidades de este metal y lo empleó en el Guggenheim, nave que se eleva desde la ría bilbaína para estremecer nuestro corazón. Trabajó con intensidad en su museo, y después continuó el trabajo en el Disney Concert Hall.
 
Su terca voluntad hizo posible la creación de una sala con perfecta acústica, sin columnas, donde se pueden acomodar 2265 asientos forrados de una tela especial, que absorbe los sonidos menores y permite que una sinfonía se oiga con igual intensidad si hay diez personas en la sala o si está llena a su límite. La audiencia se coloca alrededor de la orquesta, puede ver a los músicos muy de cerca, sentir su ejecución, seguir sus movimientos. El clima está controlado a la perfección. Las ventanas permiten que la iluminación en el día sea natural: se puede dirigir la luz del sol para inundar la sala a voluntad. Cada sillón es amplio, con espacio suficiente al frente para estirar las piernas, con diseño ergonómico para apoyar la espalda.
 
Ghery buscó cada uno de los elementos que conforman su auditorio hasta encontrar el mejor fabricante que había en el planeta para cada mueble o pieza de construcción, y así trajo la madera de Noruega, el órgano tubular (con 6125 tubos) de Alemania, producido por la firma Glatter-Götz Orgelbau. La acústica es obra de los mejores: la firma japonesa Yasuhisa Toyota, de Nagata. El techo y las paredes están hechas de maderas curvilíneas, recuerdan la ondulación al viento de las grandes carabelas; por ello producen mayor reverberación.
 
Además del gran auditorio, hay dos anfiteatros al aire libre, con espacio para 300 y 120 personas, y un teatro interior que puede albergar a 250 personas para una conferencia, con espacios para bodas, gran vestíbulo, biblioteca de música y una tienda con artículos escogidos para hacer que compre hasta el más avaro.
 
Y sí: el edificio es a prueba de terremotos. Tiene un sistema que permite que sea sacudido en el aire, y luego vuelva a caer y sus piezas, como un rompecabezas, se mantengan unidas por una banda. Las piezas interiores también podrán ser zangoloteadas y vueltas a acomodar.
 
Mucha gente habría preferido un proyecto más modesto, un auditorio común y corriente. Pero Ghery es necio. Fue demandado por los dueños de otros edificios en muchas ocasiones: los reflejos del sol en el acero inoxidable de la fachada del Disney se dirigían en forma directa a los condominios vecinos, incrementando el calor (tan propio de esta zona) y deslumbrando a las personas. Los automóviles que pasaban por varios viaductos recibían ese golpe de luz en el parabrisas y también demandaron en forma legal a los constructores.
 
Ghery, impertérrito, perseverante, insistente, hacía los cambios que fueran necesarios: pulir el metal para hacerlo más opaco, poner otra estructura para evitar los reflejos, hacer otro pasillo, construir un jardín aquí, plantar un árbol allá, una fuente cuyos chorros reduzcan el calor, un sistema propio de limpieza de paredes, un conjunto de prados y fuentes. Por cierto: para hacer una gran fuente de cerámica a la manera de las europeas, hechas de pedazos de loza, mandó hacer con una empresa de Dinamarca la vajilla, de diseño especial y alta calidad. Cuando llegaron platos y tazas a California, mandó que las rompieran de acuerdo con su esquema propio para lograr las porciones que necesitaba.
 
El costo total del proyecto fue 270 millones de dólares. Esta cifra me apabulla. Transformo el dinero en edificios de mi país, escuelas, clínicas, huertas, bibliotecas, y una parte de mí se indigna. Otra me indica que así se construyeron los palacios de las capitales europeas, el Taj Mahal, la Muralla China, las pirámides egipcias y las mexicanas, la Alhambra, la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Escenarios de prodigios, cofres de tesoros, fueron posibles gracias al tesón y la terquedad de sus constructores que querían más, que emplearon lo mejor y contrataron a los mejores.
 
Creo que esta terquedad —me perdonarán ustedes— es cosa de hombres. Pienso que fueron hombres los que dirigieron las tallas de la Isla de Pascua, aunque la lógica indicara que era mejor dedicar esfuerzos a la agricultura. O que hubo varones apasionados detrás de los altares de oro, tercos en su empeño de hacer volar los ángeles barrocos, suspendidos sobre la concurrencia piadosa.
 
Dice Gioconda Belli, poeta nicaragüense nacida en 1948, en su poema Nueva tesis feminista:
 
A nombre propio declaro
que me gusta saberme mujer
frente a un hombre que se sabe hombre,
que sé de ciencia cierta
que el amor
es mejor que las multi-vitaminas,
que la pareja humana
es el principio inevitable de la vida,
que por eso no quiero jamás liberarme del hombre;
lo amo
con todas sus debilidades
y me gusta compartir con su terquedad
todo este ancho mundo
donde ambos nos somos imprescindibles.
 
Pienso que la mujer tiene paciencia. Capacidad sin límites de esperar y volver a empezar, y de conjurar lo mejor de sí para enfrentar el día. Posibilidad de arrullar con amor a un niño pequeño que sufre de cólicos, o a trabajar con ahínco en el cuidado de los enfermos, en recibir a los bebés (la era de los ginecólogos duró cincuenta años; antes de ellos siempre hubo comadronas y ahora hay miles de doctoras dedicadas a ello). Somos persistentes, trabajadoras, a veces necias. Ellos son los tercos.
 
Ejemplo de una terquedad: en esta sala de conciertos se advierte a los asistentes que deben apagar sus teléfonos celulares. Si algún aparato repiquetea en medio del concierto, el director detiene la música y algún guardia se acerca al culpable para acompañarlo a la salida, en medio de la feroz reprobación de los presentes. Una vez, nos contó la guía, había una viejecita que a mitad de una pieza larga necesitó levantarse para ir al baño. La mujer puso su bastón sobre un barandal para apoyarse mejor; el bastón hizo ruido y el pianista levantó la mirada para fulminarla con los ojos. La pobre mujer tomó el bastón para que no hiciera más ruido, pero para su mala fortuna, se le escapó de los dedos y cayó por la escalera, golpeando el barandal en cada rebote: clack, clack, clack, desviando la atención del público, su sonido amplificado por la maravillosa acústica, como si fuese otro instrumento; el pianista detuvo su ejecución. Se levantó, furioso, y se fue a su camerino.
La mujer quería morirse de pena.
El público quería matarla.
El pianista hizo un berrinche mayúsculo, encerrado, mientras la gente esperaba su regreso y los organizadores se jalaban los cabellos.
Yo puedo imaginar la escena en todo su esplendor. Algo sé de artistas berrinchudos.
Total: veinte minutos después, el músico regresó a su piano y fue recibido con un aplauso agradecido.
Me imagino que la señora no ha regresado a esa sala de conciertos.
 
Tercos de todas latitudes
 
Mi apellido paterno es de origen vasco francés. Mi madre desciende de vascos españoles. Toda mi infancia escuché historias sobre la terquedad de la familia de mi abuela, que podía resumirse en pocas palabras: eran gente buena, honrada hasta el colmo de pasar una noche más en otra ciudad para al día siguiente regresar al banco a devolver un billete que la cajera dio de más. No decían mentiras ni para consuelo de los afligidos. Yo misma, desde niña sentí un impedimento físico para quedarme con algunos pesos o dólares que no me corresponden, no me robaría ni una fruta dejada en una canasta afuera de una tienda: entro a buscar al dependiente para pagarla. Pero no es tanto una cualidad, sino una especie de condicionamiento pavloviano que no sé si sea considerado en la contabilidad de San Pedro para abrirme las puertas doradas. Busqué algo sobre la terquedad de los vascos, y encontré este fragmento de don Miguel de Unamuno, rector de Salamanca:
 
 
Porque a tercos sí que no nos gana nadie. «Vizcaíno, burro», suele decirse aludiendo a nuestra testarudez, que acaso llegue a ser muchas veces en nosotros un vicio, pero que es, sin duda, de ordinario nuestra virtud capital. Si no entra de otro modo el clavo, lo meteremos a cabezadas. Pero nuestra terquedad es menos violenta que la del aragonés. Toda la afabilidad que se quiera, pero a hacer la suya el vasco. «Los vascongados —suele decirme un amigo— no atienden ustedes a más razones que a las suyas propias; si se arruinan, será solos, sin empacharse de consejos ajenos, pero sin culpar tampoco al prójimo por ello.» Por tercos, más que por otra cosa, hemos sostenido dos guerras civiles en el siglo pasado, porque nos parecía que marcha demasiado de prisa el progreso político, sin acomodarse al social; para ponerle a paso de buey, lento, sí, pero seguro.
Si hay algún hombre representativo de mi raza, es Iñigo de Loyola, el hidalgo guipuzcoano que fundó la Compañía de Jesús, el caballero andante de la Iglesia: el hijo de la tenacidad paciente. La Compañía, me decía una vez un famoso exjesuíta, no es castellana, como se ha dicho, ni española; es vascongada. Y vascongada hasta en sus defectos. Es vascongada en su terquedad pacienzuda, en su espíritu a la vez autoritario e independiente, en su horror a la ociosidad, en su pobreza de imaginación artística, en la fuerza para acomodarse a los más distintos ambientes, sin perder su individualidad propia. Y esto me lleva como de la mano a decir algo de lo que se ha llamado nuestro fanatismo.
 
Miguel de Unamuno. Alma Española, Madrid, 10 de enero de 1904, número 10, páginas 3-5
 
 
Diciembre 15, 2007