La maternidad de las focas
 
Hace una semana, fuimos a una zona llamada Carpintería Bluffs a contemplar el milagro de la vida. Esta frase se ha usado tanto que se ha vuelto propiedad de Hallmark, la catedral de la cursilería en cartón, la Meca de los nuevos mercaderes de muñequitos, que abusan de ella al incluirla en todas las campañas publicitarias para el Día de la Madre, cuyas connotaciones son tantas y tan contradictorias que mejor aquí me detengo y no sigo por esa rama.
 
Vuelvo al tronco: frente al mar, hay un acantilado bajo, que se levanta como unos diez metros sobre la playa de suave arena. No toda la costa tiene playa. En algunas partes las olas revientan al chocar contra la muralla natural. Pero en este rinconcito se encuentra un lugar que aparece en el plano genético de las focas como el espacio donde dan a luz. Aquí permanecen durante los meses del invierno y al llegar la primavera, con las foquitas ya en posibilidades de valerse por sí mismas, regresan al océano.
 
Entre el pueblo y el mar hay varias hectáreas de parque, atravesado por el tren costero, que bordea la orilla desde el norte del estado hasta llegar a San Diego.
 
Hace años, esta zona se iba a poner a la venta. De inmediato aparecieron compradores y se puso en marcha un proceso comercial para incrementar el costo de la tierra, en ese sitio privilegiado con avenidas de eucaliptos y pinos que unen sus brazos para formar breves calzadas de sombra. Los halcones vuelan con señorío. Hay ardillas y conejos sobre el acantilado, correcaminos en la playa.
 
Entonces el pueblo se unió y pagaron entre todos el costo de la tierra. Decidieron que era un lugar reservado para las generaciones venideras. Cientos de familias dieron su aportación, poca o mucha, para conservar el lugar y hacer un estacionamiento, un espacio para almorzar y un centro de observación de las especies marinas.
 
Hay una placa de bronce empotrada en una gran roca que da testimonio de esa compra comunitaria. Gracias a esas familias, la tierra se conserva de alguna manera virgen, porque no hay más que una serie de caminos de paso, no hay jardines que se poden ni plantas o flores para el ornato.
 
Atraviesas el prado y llegas a un puesto para mirar a las focas. Hay letreros que advierten que las mascotas no pueden pasar más allá. Hay postes para amarrar el lazo de los perros. La gente comienza a hablar en susurros para no hacer ruido. El mar emite el único sonido que se escucha.
 
Allá abajo, en una especie de enorme cojín de arena, protegidos por la pared del acantilado, están las focas y sus críos. Enormes animales, parecen a simple vista rocas de dos metros de longitud y casi un metro de alto. Han de pesar cientos de kilos. Te sientas en una banca de madera, esperas a que tus ojos se acostumbren a la visión de las rocas vivas y comienzas a distinguir los cambios en los colores de su piel. Entonces una de ellas se mueve, con dificultad, como a pequeños saltos, bum, bum, bum, avanza tres metros y se detiene. El camino hacia el agua es pesado. Tienen que descansar. Vuelven a iniciar el esfuerzo y logran avanzar un poquito más. Acá se ven una madre y su bebé. El chiquillo es juguetón y ágil, se acerca a ella, se dan besos de nariz, se acomoda para recibir su leche. Pasan horas, como todos los mamíferos, en alimentarse. Se aman en su naturaleza de focas, forman vínculos, aprenden los secretos de la supervivencia. En este momento, hay cerca de cuarenta recién nacidos.
 
Y tú como en el teatro, viendo el escenario con una perfecta isóptica.
 
Hay varios guardianes voluntarios de esta maternidad que cuentan a los bebés, hacen reportes, llenan formas con números y cuidan de que no haya ruidos que ahuyenten a las focas porque si las madres sienten que hay una emergencia, en su prisa por correr al mar con frecuencia aplastan a los pequeñitos.
 
Entonces, se une a nosotros una familia que habla español mexicano. La madre hace una serie de comentarios grotescos sobre las focas, que no voy a reproducir porque me ensucian mi relato. Y el padre dice: Vamos a ver cómo podemos bajarnos para verlas de cerca.
 
Pasan unos minutos, la voluntaria observadora descubre con sus prismáticos a mis paisanos, nos comenta angustiada que hay personas que piensan bajar a la playa y corre a detenerlos.
 
Yo me siento profundamente avergonzada. El rubor sube a mi rostro y escucho mis fuertes latidos, trato de que los amigos que nos acompañan no se den cuenta de mi sentimiento.
 
No me gusta nada esta actitud de falta de respeto, de impulso elemental que nos lleva una y otra vez a transgredir las normas.
 
Por aquí donde vivimos nunca pasa la policía. No hay patrullas que hagan la ronda. Sin embargo, casi no hay rejas entre la acera y la puerta de las casas, los vidrios carecen de protección, los jardines están abiertos. Los vecinos dejan sus bicicletas con sus cascos, sin candado ni nada, en el porche. Hay juguetes de los niños, muebles bonitos, afuera de las casas.
 
Nadie se los roba. Quizá sea por miedo a ser atrapados, juzgados, metidos en cárceles.
 
Quizá sea porque hay un sentimiento colectivo del respeto al derecho ajeno.
 
Y no es que todo mundo sea rico. Lo mismo pasa en los barrios de la gente pobre.
 
Si tuviera yo una varita mágica y pudiera llegar un minuto a los altos mandatarios de nuestro país, yo les pediría: fomenten el voluntariado. Creo firmemente que ése es uno de los grandes motores del desarrollo. Cuando una familia se involucra en la construcción de un hospital, en el cuidado de los niños con síndrome de Down, en el salvamento de perros heridos, en los servicios de emergencia; cuando visitas a los ancianos en el asilo o llevas a un niño huérfano al cine, entonces algo cambia dentro de ti. Una luz se enciende en tu interior si reúnes dinero para levantar un teatro de títeres. Tú eres el títere y Dios mueve tus hilos.
 
A menos que seas de piedra. O que formes una cerca de explicaciones y pretextos a tu alrededor que te proteja para no unirte a esos esfuerzos organizados. Puedes echarle la culpa al gobierno, a tus circunstancias particulares o a la vida misma. Nuestro grave error como sociedad es exigir lo imposible de un gobierno que lleva demasiados años de mala administración de los recursos. Si formamos una sociedad de exalumnos para erigir un auditorio nuevo para la escuela donde estudiamos hace veinte años, tendremos derecho de exigir y opinar. De otra manera formamos parte del coro de quejumbrosos que cantan esa canción para tratar de justificar la mediocridad de sus acciones.
 
El asunto es que en lugar de que instituciones como el DIF usen recursos públicos para cubrir necesidades, se constituyan en promotoras incansables (que lo son en gran medida, hay que reconocer) para la formación y consolidación de organismos sin fines de lucro que fortalezcan y desarrollen la cultura, el arte, la educación y el deporte. Y que la SEP incluya el compromiso con las causas comunitarias desde primaria.
 
No hay otra salida para nuestro laberinto.
 
Si los niños son voluntarios, hay futuro para México. Que cada quien escoja su causa, y todos respeten las ajenas.
 
Marzo 18, 2007