Sucedió hace un mes. Caminaba por la calle de Allende, frente a la hermosa Casa de los Perros, cuando pasé por una zapatería que ofrecía pantuflas en su escaparate. Entré a preguntar el precio, pensando un regalo para Eduardo. La chica me dio un trato amable, pero no había en ese momento el número de mi marido. Yo tenía los zapatos en la mano cuando vi la hora, dejé de nuevo las pantuflas en el mostrador y me fui a mi cita.
Tres horas después, terminando una comida de trabajo, recibí una llamada para renovar mi membresía de Costco. Al buscar mi cartera, no la encontré en mi bolsa. La perdí, pensé. Por primera vez, perdí mi cartera. Una angustia terrible me abarcó por completo. Un sentimiento de impotencia fue creciendo en mi estómago hasta llegar a la garganta. Había pasado el tiempo suficiente para que los ladrones usaran mis tarjetas de crédito y me dejaran hundida en deudas con el banco. Había perdido también mi credencial de elector, identificación indispensable para los mexicanos. Mi licencia de manejo, algo de dinero en efectivo, fotos, datos, muchas cosas importantes perdí.
Llamé a casa y mi marido me dio los datos de las tarjetas de crédito para darlas de baja. De inmediato llamé a los bancos. Me disculpé con las personas con quienes comí y salí a la calle para respirar un aire amargo y triste, para desandar mis pasos. Fui a la estación de radio y televisión donde conduzco un programa cultural. Nadie había visto mis cosas, la productora no estaba, varios grupos habían pasado por el estudio después de mi hora. Caminé con la mirada en el suelo, buscando en los rincones con una esperanza que tan pronto nacía volvía a morir. Mi certeza era terrible: me habían robado mi dinero, un grupo de maleantes estaría en ese momento llevándome a la quiebra, mi futuro inmediato era por lo menos incierto. Llegué a mi oficina, el último lugar donde al filo del mediodía tuve mi cartera en mis manos. La función de los viernes por la tarde estaba a punto de iniciar en la galería y dos amigas cinéfilas me recibieron. Gabi, que tanto me quiere, me abrazó con todo su cariño y luego me dio cuidadosas instrucciones para evitar ser víctima de un robo de identidad, como el que ella padeció hace años. Elena, la Nena, de corazón más grande que una catedral, me dijo con mucha seguridad: “Hay mucha gente buena, alguien encontrará tu cartera y te la devolverá”.
Sí, pensé, Nena, sigue soñando. De todas las recomendaciones que estaba recibiendo, esa era la más desatinada. Hay que ser ingenuos como la Nena para pensar que alguien se encuentre cosas de valor y las devuelva.
Por fin llegamos a casa. El teléfono timbró. Descolgué y una voz masculina preguntó: “¿Es usted Araceli Ardón?” “A sus órdenes”. “Yo tengo su cartera. Usted la dejó en mi zapatería. Tengo un buen rato llamándola”.
¡La zapatería! Nunca volví a pensar en esos minutos que pasé con las pantuflas en la mano. Claro. Saqué la cartera para pagarlas, pero no había un par con el número correcto. Dejé mi cartera sobre el mostrador. La empleada salió a buscarme y no me encontró en la calle, no se atrevió a abrir mi cartera y la dejó en un cajón hasta que llegó el dueño, un señor Mendoza a quien no me canso de agradecer su honradez. Por supuesto, charlamos un buen rato y descubrimos amistades comunes, parentescos de compañeros de escuela. Queretanos de toda la vida.
Hace una semana, mi amiga se estacionó en la calle de Guerrero para ir a cenar con un grupo de poetas. Dos horas y media más tarde, al regresar al lugar donde dejó su auto, lo encontró rodeado de policías. La escena le provocó una punzada en el estómago. Los oficiales le preguntaron su nombre, sus datos. Mi amiga había traído en su coche a varios amigos, felices de la vida, y al bajarse había dejado los cristales abiertos y las llaves pegadas en el tablero. Los policías estaban custodiando el coche. No podían dejarlo a merced de alguien que lo robara. Pidieron disculpas a mi amiga por haber tenido que abrir la cajuela de guantes para investigar el nombre del dueño.
Mi amiga es una mujer dinámica, entusiasta, inteligente y sensata. Tuvo un momento de distracción. La llegada con los amigos no correspondía a su rutina.
Los policías y la empleada de la zapatería son los auténticos habitantes de esta bendita ciudad. Mis paisanos tendrán cien anécdotas parecidas que contarle a usted. Y como Querétaro, hay cientos de ciudades donde la vida sigue como siempre, donde las familias están rodeadas de amigos, donde el sol calienta las baldosas por la mañana y a mediodía pasa una madre llevando niños de la mano, que salen de la escuela mirando de frente al futuro, un futuro que se espera con buenos augurios.
La imagen de México en este momento no puede ser más desoladora. Quienes han proyectado al mundo los más terribles detalles de una guerra contra la delincuencia han sido los propios mexicanos. Es verdad. Libramos una batalla cruenta y muchos inocentes han muerto. Dos estudiantes de excelencia del Tec de Monterrey están entre las víctimas. Al saber esta noticia lloré. En Monterrey estudió mi marido, nuestra hija estudia en el Campus Querétaro, donde estudié y trabajé. Esos muchachos son de mi familia académica.
Pero hay algo más en esta guerra mediática. Hay quienes hacen lo posible por ensuciar cada acción del gobierno atribuyéndole todos los males posibles. Tienen una lupa en la mano para magnificar los hechos negativos. Hay intereses mezquinos detrás de cada noticia dada con sesgo, mientras se ocultan los logros de cada día: tenemos centros de investigación que ganan premios y descubren mejores maneras de combatir enfermedades, que inventan sistemas para cuidar el medio ambiente y protegen nuestros recursos. Nuestras empresas producen autopartes, mermeladas y electrodomésticos con la mejor calidad posible. Trabajamos con ahínco y la mayor parte paga sus impuestos. Somos muchos los ciudadanos honrados.
Millones de estudiantes se levantan cada día con el entusiasmo de aprender, realizar proyectos, presentar temas a debate, ponerse a prueba en los exámenes, participar en encuentros deportivos y ganar la entrada a las mejores universidades. Sé de lo que hablo: estoy rodeada de muchachos que estudian con ganas. Sus padres trabajan hasta el límite de sus fuerzas para pagar la hipoteca, cambiar el coche, ir al mercado y si es posible salir de vacaciones.
Como en todo el mundo.
También, como en todo el mundo, ocurren en mi país hechos terribles. Vivimos amenazados, como viven Nueva York, Londres, Madrid o Moscú, que han sufrido atentados terroristas. Sin embargo, la vida en esas ciudades pronto vuelve a la normalidad y los medios dejan a un lado la alarma para concentrarse en las acciones cotidianas, en la cobertura amplia y equilibrada de las noticias: logros y problemas, éxitos y fracasos.
El periódico madrileño El País publicó hace unos días una entrevista con el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince donde habla del terrorismo que afecta su nación. Dice Abad: “En realidad, las FARC están tan aisladas y desprestigiadas como ETA, pero Uribe nos metió en la ficción de que están a punto de conquistarnos, que son un dragón cuya cabeza tenemos que cortar. Los caudillos necesitan siempre, para poder gastarse una buena tajada del presupuesto en armas, inventar la ficción de un dragón que escupe fuego. Y los ciudadanos nos tragamos esa ficción como si fuera realidad. Si uno habla de cosas normales, como escuelas, agua potable, carreteras, nada parece serio ni real. Lo único serio y real es el dragón”.
Quizá la naturaleza de los seres humanos nos lleve en forma inexorable a la invención de los dragones. Hay quienes crean monstruos para amenazar al enemigo, amedrentar a los propios hijos o a la esposa, para ganar puestos políticos, para colocar a sus líderes al frente de sus grupos, para continuar en posiciones de poder.
La otra opción es salir cada mañana a recibir el sol en la cara, hacer planes para el futuro, confiar en el vecino, dar lo mejor de sí, no mentir, ser leales a la empresa que nos contrata, estudiar más y gozar la vida. Una vida que en México sabe a sandía fresca, roja y feliz como la pintura de Tamayo.