Mi ciudad tuvo por siglos un rostro amable de piedra rosada que danzaba con la filigrana de la herrería que delineaba los balcones. Espacio íntimo, amado por sus habitantes, se protegió del crecimiento galopante de las grandes metrópolis. Aquí la vida transcurría en un silencio arrullado por rezos y murmullos. Los artistas pintaban y esculpían para cantar la gloria de Dios y para hacer más amena la vida familiar. Los escritores queretanos, desde los primeros cronistas franciscanos hasta los jóvenes rebeldes del siglo XX, dedicaban sus mejores horas a una creación literaria que resonaba en estos muros y rara vez llegaba a otras tierras. No les hacía falta ser autores laureados, ni que la fama y la fortuna acompañaran sus textos, pergeñados con tanto amor, dedicados en gran proporción a describir su terruño, llevarle serenata, seducirlo con galanterías y demostrarle su fidelidad quedándose a recorrer sus calles la vida entera.
Hoy todo es distinto. Mi ciudad creció de golpe, como crecen los adolescentes: no reconoce sus dimensiones y se tropieza consigo misma, porque se olvida que sus piernas se han alargado y sus brazos alcanzan los cerros, espacios cubiertos de rocas y garambullos hasta hace unos años y ahora llenos de casas idénticas, recién nacidas. El Centro Histórico todavía tiene ojos de mirar profundo, que se refrescan en las fuentes de sus plazas y roban el verde de los laureles de la India o el azul del cielo que por momentos se conserva nítido, casi cristalino. Paula de Allende, preciosa mujer poeta, amiga amada cuyo nombre lleva mi hija, dedicó estas líneas a la ciudad que la recibió en los años setenta:
Laberíntica ciudad
con Ariadne dormida
en los muros,
ciudad de piedra
plantada sobre piedra,
blanca ciudad de cantera,
torres levantadas a Dios
donde el otoño se duerme
en el amarillo de los girasoles
(de Trozos de identidad para Querétaro)
José Rodolfo Anaya, poeta de mi generación, se alegraba hace veinte años con la dimensión de la ciudad, que nos permitía caminarla por entero, ir de uno a otro confín con la seguridad del que va por su casa, saludar a los conocidos e intercambiar miradas de sutil reconocimiento con los desconocidos: todos entraban a formar parte de un enorme fichero mental en el que se anotaban apellidos y su linaje, procedencias, suertes y habilidades, pertenencia a un gremio, devociones y conductas, amores y perdiciones. Cada día nuevos datos enriquecían este banco de información compartido por todos los vecinos. Dice Anaya:
Qué bueno
que nuestra ciudad
es pequeña.
Los pájaros no se cansan
al ir de un extremo al otro.
¿Conoces un jardín
donde los árboles
están cuajados de pájaros?
Lástima que la ciudad
no tenga murallas y puertas
para ya no dejar
entrar
a nadie más.
(de: Dos sueños de la ciudad)
Éste es un sentimiento general entre los queretanos: ganas de cerrar la puerta, de regresar al feudalismo y que un poderoso señor mande edificar una muralla y dictamine: hasta aquí abarcan las casas, lo demás serán sembradíos. Muchos gritarían de júbilo. Porque al crecer sin mesura, la ciudad no logra verse toda limpia y fresca, como antaño. Sus orillas están descuidadas, las calles alargadas al infinito tienen los bordes sucios. Como muchacho en perpetua rebeldía, mi ciudad ahora luce tatuajes que envilecen su piel: hay demasiados muros pintarrajeados, el graffiti es dueño y señor de los barrios, los monumentos, las señales de tránsito y las grandes avenidas que no es posible vigilar cada minuto del día y de la noche. Los jóvenes viven en constante irritación, dejan sus marcas insolentes por todas partes. No sienten suya a la ciudad, no cuidan su barrio, no protegen su territorio: pelean por él y lo cubren con sus signos.
Hasta hace pocos años, los habitantes de Querétaro podíamos comprender los versos de veteranos poetas que dejaron sus palabras en un libro, una página de periódico o un papel inédito resguardado por sus hijos. Como este fragmento de Roberto Cabral:
Recostada te miro, tras la verde Cañada,
como Bella Durmiente de algún cuento infantil.
Las estrellas del cielo te volvieron callada,
su tibieza te han dado las mañanas de abril.
Recoletas casonas de vetusta portada,
coloniales tristezas y mohoso candil.
(de: Querétaro. Sonetos heterodoxos)
¿Cómo recobrar ahora la tranquilidad que inundaba las calles del centro, a la hora de la comida, cuando flotaba en el aire el aroma del arroz a la mexicana, de las tortillas dorándose en los comales y el chile de las salsas picantes? Al regresar de la escuela caminando, pasábamos frente a las fachadas de las casas virreinales, solemnes como fortalezas, de paredes gruesas que se detenían en los zaguanes, abiertos de par en par. Macetas con helechos de larguísimas hojas onduladas daban frescura a los corredores. Había fuentes y pozos antiguos en el centro de los patios. Los hogares de los barrios antiguos eran espacios de la comunidad, con jaulas llenas de trinos y plantas floridas. Hoy, las casas viejas se han vuelto oficinas, tiendas de artesanías, fondas y tapicerías. Cubren sus frentes con enormes letreros y mercancías que inundan las aceras.
Hablo como bisabuela, ya lo sé. Pero la mía es una melancolía ficticia: no pretendo detener la marcha del tiempo. Mucho menos quisiera volver al siglo diecisiete para ver pasear por las callejas a Carlos de Sigüenza y Góngora, cuando el sabio escribió Las glorias de Querétaro. Bienvenido sea el desarrollo que trae nuevos centros comerciales, altos edificios, instituciones de investigación científica, espléndidas salas de cine y una vertiginosa actividad industrial que atrae inversiones y familias de Canadá, Suecia, Corea y ochenta países más. Tenemos consulados de Italia, España, Francia, Alemania y Chile. La vida cultural se sustenta en la diversidad de la nueva población. Somos muy privilegiados. La oferta turística es de primera clase. Mi batalla no es contra la dimensión de la ciudad. Mi anhelo es que quienes llegan a vivir se enamoren de ella. Que la cuiden como a la niña de sus ojos, que conozcan su historia y disfruten sus leyendas, que la traten con deferencia y preserven su señorío. Que participen en sus tradiciones y las vuelvan suyas. Francisco Cervantes, al escribir sobre Querétaro, pintaba con trazo firme nuestras costumbres:
Un Tamayo: carros alegóricos de Navidad
Manos oscuras de sombras coloridas,
memorias de todos los matices.
Frutos que corren entre la multitud;
niños fuera y dentro de los monigotes.
O según los naturales: mojigangas,
bajo la luz de castillos y girándulas.
(de: Museo queretano)
José Luis Sierra sabe de estas cosas. En su poesía ha descrito la ciudad y sus transformaciones. Conviene leer sus testimonios, para saber lo que piensan y sienten los que aquí nacieron, los que acudían de niños a los templos de mano de su madre, los que escuchaban sin ser vistos los diálogos de las comadres y estaban presentes en la sobremesa de los domingos, mientras el abuelo desgranaba su vida sobre el mantel. Ellos han guardado mil escenas en el corazón y cien crónicas en el espíritu. Sierra recuerda su infancia:
Yo tenía mi lugar
mi calle
reverenciaba día a día
coludido con la inocencia
—no se tome a mal—
las imágenes adultas
las tallas enormes de los santos
en la iglesia
—no se tome a mal—
(de: Yo tenía mi calle).
Muchos le han cantado a la participación de los queretanos en los momentos cumbres de la historia, y a las calles de una ciudad donde se combatió por la libertad de toda la patria. Jaime Torres Bodet pasó aquí días entrañables y dejó palabras que encienden el corazón:
Cuna de libertad, arca secreta
de patrio ardor y bélico heroísmo
que surges de la entraña del abismo,
como ciudad del labio de un poeta,
a través de tus rejas coloniales
y tus casas de alada arquitectura,
y el dorado esplendor de tus vitrales
y el ambarino incienso de ternura
que impregnó tus brocados virreinales.
(De Querétaro 1921)
Hugo Gutiérrez Vega, a quien consideramos uno de los nuestros, dice que a esta ciudad hay que llegar al atardecer, cuando los pájaros arriban a sus nidos. Tiene razón: todavía hoy, en el siglo de la electrónica y la estridencia, se anida en la ciudad un momento entrañable al ponerse el sol, entre el repique de las campanas y la conversión de los árboles en esculturas vivientes que alojan a miles de aves en concierto. La visión del poeta, diplomático, actor, director de teatro, políglota y gran amigo de sus amigos, que acaba de celebrar 75 años de vida, coincide con lo que décadas atrás escribió otro gran autor.
En 1949, Jorge Luis Borges publicó el cuento “El Aleph”. El escritor argentino, hombre de inteligencia prodigiosa y profundo conocimiento de la Cábala, tituló así esta narración y el libro que la contiene. Escrito en primera persona con la voz narrativa de un personaje llamado Borges, describe el inverosímil encuentro del protagonista con el Aleph, una esfera mágica que contiene el universo. Entre las visiones encerradas en el artilugio hay un crepúsculo en nuestra ciudad: “…vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala…” Con esta poderosa descripción de los matices dorados y ocres que se asoman a mi ventana cada atardecer, no hace falta añadir más.
Aquí me tienes, ciudad linda, viviendo en tus orillas. Ahora no habito en tu centro, no hay en mi vecindario campanarios de piedra llamando a la oración que interrumpan mi rutina. No hay tiendas cerca, ni jardines o bibliotecas públicas. Tengo que hacer un viaje especial para visitar tus viejas calles y sentir el pálpito de tu corazón, uno de los más grandes placeres de mi vida.