La gloria de escribir en español
 
Tengo en la mano una taza de té que para fines de este artículo jugará el papel de una copa de champaña. Levanto esa copa y brindo por los genios de la electrónica que han hecho posible el Internet, y más aún, rindo un homenaje sentido a todos los sabios que llenan cada día sus páginas virtuales con información valiosa, maravillas del espíritu humano, datos que nos aclaran ideas, ideas que nos ayudan a pensar, pensamientos que hacen la vida más digna.
En la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, por ejemplo, puede uno encontrar, imprimir y leer la copiosa producción literaria de cientos de escritores que han dado vida al idioma castellano, autores como Martí.
José Martí fue un políglota. Sabía latín y griego clásicos, indispensables en la formación de un humanista del siglo XIX. También hablaba francés e italiano, y supo inglés desde niño. Comenzó a realizar trabajos de traducción cuando tenía trece años, y esto le permitió ganarse el pan toda la vida. Dice Martí en una de sus cartas: “Yo creo que traducir es transpensar... traducir es pensar en español lo que en su idioma ellos (los autores) pensaron... traducir es estudiar, analizar, ahondar.”
Los que hablamos una lengua y vivimos en un país donde se habla otra nos pasamos media vida traduciendo. No sólo de manera literal como intelectuales de la palabra, sino entregados al proceso de explicarnos a nosotros mismos lo que ocurre a nuestro alrededor: leemos o escuchamos los signos que nos rodean y sin darnos cuenta traducimos para nuestro uso exclusivo nombres de tiendas y lugares, títulos de películas y canciones, expresiones que escuchamos en la calle, noticias que leemos en el periódico, conversaciones con los amigos. Sea cual sea nuestro oficio, estaremos el día entero tratando de comprender frases y refranes, conceptos y metáforas, para pescar su sentido y saber de qué se ríen, por qué lloran y qué sienten los que nos rodean.
Los que enseñamos nuestro idioma a quienes no lo conocen, vamos descubriendo cada día la complejidad del proceso lingüístico. Además, cuando se realiza esta labor en las universidades, sean enormes como ciudades o pequeñas instituciones como Westmont, se disfruta de manera especial la intensidad del aprendizaje. Les comparto un fragmento de un artículo publicado por Martí en La Nación de Buenos Aires, el 15 de agosto de 1883:
¡En esta tierra, los colegios son tan antiguos como las iglesias! Quien dice Harvard, que es el colegio magno de Massachusetts y como el Oxford de la América del Norte, dice palabra mágica, que abre todas las puertas, lleva de mano a todos los honores, y trae perfume de años. Quien dice Yale, sabiduría dice, que da tinte de cana a los cabellos rubios de sus jóvenes doctores.
Martí, que luchó hasta la muerte por la independencia de Cuba, en sus últimos años de vida enzarzado en la guerra contra Estados Unidos, supo sin embargo reconocer los valores de este país.
Se trabaja fuera de la patria por muchas razones: desde la muy válida de buscar el pan para los hijos, hasta el deseo de dominar la técnica, participar en una investigación científica o realizar un trabajo artístico.
Al escribir en español, es decir, al escuchar en silencio la música de las palabras que vertieron en nuestros oídos las personas que nos formaron, el idioma cobra fuerza, se convierte en templo para la oración, montaña para la contemplación del espíritu, océano de olas infinitas. En sus playas hay tantos granos de arena como letras en los libros, con sus imágenes se conjuga el verbo que da vida a la vida, como el relato bíblico con que inicia el Evangelio de San Juan.
El periódico español El País publicó una entrevista al escritor Antonio Muñoz Molina, sobre su libro El viento de la Luna. Comenta el periodista que esa es una novela que surge en Nueva York, en las antípodas del pueblo donde se ubica la narración. El escritor contesta:
Yo creo que cuando vives mucho tiempo fuera cambia la relación con el pasado, el pasado queda muy atrás, se queda en un espacio completamente distinto de tu vida real… Cuando estás en España, en tu mundo, al fin y al cabo hay una conexión cotidiana con ese mundo, desde el idioma hasta la respiración. Aunque estés en Madrid, no importa, estás cerca. Pero cuando vives lejos, dentro de otro idioma, en otro mundo tan distinto, el pasado cobra de repente una claridad mucho mayor. Lo ves desde fuera, como un mundo aparte… La distancia temporal y espacial se vuelve muy grande, y el pasado se hace muy cerrado y muy preciso a la vez. Esa distancia sirvió, paradójicamente, para que esos elementos sobre los que había trabajado se hicieran más precisos.
Luis Cernuda también escribió al respecto en “Variaciones de un tema mexicano”. Lo hizo en forma de diálogo y voz de un narrador:
—Tras de cruzada la frontera, al oír tu lengua, que tantos años no oías hablada en torno, ¿qué sentiste?
—Sentí cómo sin interrupción continuaba mi vida en ella por el mundo exterior, ya que por el interior no había dejado de sonar en mí todos aquellos años.
La lengua que hablaron nuestras gentes antes de nacer nosotros, ésa de que nos servimos para conocer el mundo y tomar posesión de las cosas por medio de sus nombres, importante como es en la vida de todo ser humano, aún lo es más en la del poeta. Porque la lengua del poeta no es sólo material de su trabajo sino condición misma de su existencia.
Y si la primera palabra que pronunciaron tus labios era española, y española será la última que de ellos salga, determinadas precisa y fatalmente por esas dos palabras, primera y postrera, están todas las de tu poesía.
Esto que siento yo lo han sentido antes legiones de escritores que usan un lenguaje y viven rodeados por otro. Cuando voy por estas calles pensando en mis párrafos, me imagino a ratos a García Márquez que escuchaba a su alrededor el italiano de un barrio de Roma mientras él estaba inmerso en su proceso creativo, resonando en su mente el acento del Caribe colombiano. O a Bryce Echenique en un café de París rodeado de personas que discutían en francés mientras él escribía en español imaginando personajes que hablan esta lengua. La lista de nuestros autores es enorme. También la que contiene a escritores de todo el planeta que viven, crean y enseñan su idioma o su literatura en ciudades lejanas a su lugar de origen. Muchos de ellos son exiliados, refugiados políticos, enemigos de sus regímenes, expulsados de su tierra por el hambre, la falta de libertad o la carencia de condiciones propicias.
Ninguno de estos casos es el mío. Por fortuna, puedo regresar a mi ciudad y mi país en cualquier momento, dispuesta a ganarme el pan como antes, rodeada de mi familia y mis amigos de toda la vida. Al estar lejos —no demasiado, esta tierra fue parte de la Nueva España— tengo la perspectiva necesaria para ver a México a la distancia, con una visión panorámica que me ofrece mayores dosis de objetividad. Escucho a mis personajes que hablan como mi gente, que sienten como ellos y tienen experiencias vitales semejantes: se enamoran, se desilusionan, sufren la amargura de la soledad, contraen enfermedades, mueren y dejan que otros seres imaginarios ocupen su lugar. No existen y sin embargo tienen vida, y sus diálogos, al paso de los años, quedan en la mente de los que honran a quien esto escribe cada vez que ponen su mirada en estas letras.
 
 
Mayo 6, 2008