El viernes pasado, inicio de mis vacaciones de verano, me acometió una especie de contradicción emocional: por una parte estaba la satisfacción, la maravilla de concluir una responsabilidad, entregar buenos frutos, saborear la cosecha (presentamos un librito de cuentos escritos en español por mis alumnos) y al mismo tiempo, tuve una especie de tristeza, un sentimiento de culpa por tener frente a mí dos meses completos de ocio, libertad creadora y tranquilidad para compartir con mi familia en una de las ciudades más bellas de este país.
¿A qué viene esta congoja? me pregunté varias veces. Sólo se me ocurre que es la primera vez, en muchísimos años, que tengo vacaciones de verdad. Antes, cuando tenía descanso de mis clases, seguía en el museo. Cuando descansaba también del museo, nunca más de diez días, siempre estábamos atrasados en la edición de algunos libros.
Bendito trabajo, nunca nos faltó a Eduardo y a mí. Ambos teníamos dos empleos, uno de tiempo completo y otro también demandante, varias horas por semana, y todo el tiempo nos perseguían los proyectos inconclusos. Pocas veces nos escapamos, por unos días, de esas rutinas que se hacían presentes de cualquier forma en sueños de madrugada.
Ahora estamos descansando, en esta suerte de año sabático que la vida nos regaló, y yo tengo la sensación agridulce de que debería seguir trabajando, que es mi obligación. Quizá lo mismo les pase a los jubilados: años de esperar su retiro, de sentir que lo merecen, y algunos días, empero, han de amanecer con la mente ansiosa de volver a trabajar. Tengo una meta, sin embargo: dedicar cada día varias horas a la novela. Ya ustedes juzgarán el resultado.
Me convenzo de que debo aprovechar esta oportunidad, que ya volveré a trabajar fuerte, que me quedan veinte años de trabajo y si heredé la salud de hierro de mi padre, aún más. A sus setenta y tres se levanta lleno de energía y se gana el pan con el teclear de su computadora. Es mi inspiración. Les hablaría también de su corazón dulce y su honestidad sin trabas, pero eso sería presumir y no es mi propósito ahora.
Reflexionando sobre esa sensación, esa condición taciturna y de dócil aceptación de la suerte difícil que tenemos en algunos momentos, recordé la clase en que tuve que explicar a los estudiantes la frase: “en este valle de lágrimas”. El enunciado completo apareció entre muchas otras palabras en uno de los libros que estudiamos en el curso de Literatura Latinoamericana Contemporánea. Entonces me enfrenté a este grupo para explicarles el sentido de la oración a María que incluye los versos:
Dios te salve
a ti llamamos los desterrados
a ti suplicamos, gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora, abogada nuestra
vuelve a nosotros
esos tus ojos misericordiosos
y después de este destierro…
A mí me gusta la plegaria porque me acuerdo de mi infancia, del colegio de monjas y de la Primera Comunión y demás. Soy de las afortunadas católicas que recuerdan con gusto esta formación, porque para muchos está relacionada con sufrimientos; hay excelentes novelas que hablan de los sinsabores inflingidos por la religión en el alma de los niños (Retrato del artista adolescente, de James Joyce).
El poema mariano me gusta por su antigüedad y fuerza expresiva, por su rima y porque alude a María como una abogada, lo que justifica la existencia de miles de advocaciones de la Virgen, una de ellas la que llevo yo en el nombre: María Araceli.
Pues ahí me tienen: explicando a un grupo de muchachos protestantes, formados en la tradición inglesa y alemana, la resonancia de esos versos en la formación de los latinoamericanos, en lo que significan para nosotros. Quise hablarles de consuelo, pero en el fondo, en los libros, lo que impera es la tristeza.
Sin embargo, no es de religión de lo que quiero hablar, líbreme Dios de meterme en ese berenjenal, sino de esa tristeza. Al contrario de muchos pensadores que hablan de su espíritu festivo, yo creo que el mexicano tiene una propensión natural a la desesperanza, luego a la resignación, al aguante, al estoicismo.
Por eso fue tan popular el bolero “Sombras”, que cantaba Javier Solís:
Pude ser feliz
y estoy en vida muriendo
entre lágrimas viviendo
el pasaje más horrendo
de este drama sin final…
Y con los años se acentúa esta melancolía. No me refiero a toda la gente, por supuesto, no a los casos excepcionales de viejos llenos de vida y anécdotas, platicadores y bailadores, que están dispuestos a la aventura. Pienso en los miles de ancianos de nuestro campo, de los pueblos pequeños. Recuerdo a los hombres mayores sentados en una banca en Huimilpan o en Atotonilco. Y a sus mujeres, vestidas de ropa oscura, encerradas en su casa o detenidas en una esquina desahogando sus cuitas con las comadres. Siento que están más cerca de Pedro Páramo que del Himno a la Alegría. Hablo de señores en su sano juicio, no con tres tequilas entre pecho y espalda.
Cientos de canciones nuestras me dan la razón. Sufrimos por la pérdida, andamos causando lástima, y cuando finalmente algo bueno aparece incluso lo rechazamos:
Ella quiso quedarse
cuando vio mi tristeza
pero ya estaba escrito
que aquella noche
perdiera su amor. (José Alfredo Jiménez)
Por eso, cuando llegue mi momento, pienso convertirme en una viejita europea. Cuando trabajaba en el museo, las veía llegar bulliciosas y rápidas, con sus bermudas de mezclilla y playeritas de algodón en colores vivos. Se tomaban fotos en el patio, recorrían las salas de pinturas y veían con atención las exposiciones de arte recién creado. Su piel estaba curtida por el sol, las piernas eran una colección de várices y venas gruesas. Algunas cargaban con kilos de más, y así sonreían ante sus cámaras japonesas.
Horas más tarde, cuando tenía yo algún pendiente en las oficinas del Instituto, al atravesar la Plaza de Armas las volvía a ver: encantadas de la vida, bromeando y tomando margaritas en los restaurantes bajo las sombrillas y toldos, disfrutando de las flores, el día feliz y la vista de la gente local, como yo, que les resultábamos tan folklóricos como los vendedores de globos.
Prefiero imaginarme así, luciendo mis cansadas piernas en unos shorts color naranja, que en un rincón de mi casa, viendo pasar la vida mientras preparo el arroz para mis nietos.
Que ellos aprendan a hacer arroz. Yo me voy a Londres, para que las londinenses vengan acá.