Westmont College
 
Aquí me tienen, escribiendo a la gente que más amo, en una hermosa oficina privada de esta universidad. Westmont es lo que se conoce como un “liberal arts college”, y tiene un alto nivel académico. Es una institución privada, ofrece 26 licenciaturas para un total de 1,200 privilegiados alumnos. El 85 por ciento goza de algún tipo de beca, porque la colegiatura es muy cara.
 
El campus está en una colina llamada Montecito, su propiedad tiene áreas arboladas tipo bosque; los edificios parecen casas distribuidas al azar entre prados y árboles que fueron elegidos y plantados de acuerdo con los planes de paisajistas excelentes, para lograr un efecto muy estético al combinar las especies.  
 
Montecito es un suburbio, una colonia con casas impresionantes. Cuestan millones de dólares. Desde la calle sólo puedes apreciar los árboles, un muro no más alto que 1:20 m, entradas con verjas de hierro forjado, un letrero discreto que dice el nombre de la propiedad, y ahí comienza un camino por donde entran los coches de las familias, los sirvientes y los pocos autorizados a disfrutar esos paraísos privados. Uno se queda en el camino, imaginando la belleza de las mansiones. De algunas se alcanza a ver una parte, quizá el tejado, una terraza o la dimensión de la propiedad. Varios magnates y celebridades viven o tienen su casa principal aquí.
 
Nuestras oficinas, en cada edificio del college, son como habitaciones que dan a elegantes salas con sillones, chimeneas y alfombras, donde los alumnos leen y descansan. La rectoría luce la soberbia elegancia de un exclusivo hotel de Londres, digamos el Ritz, que para su infortunio nunca ha conocido mis pasos.
 
Aquí en el campus viven los estudiantes, tienen sus cuartos en lindas casas, comen en cafeterías comidas tipo buffet (es la primera vez que veo eso en una universidad americana: un servicio para estudiantes donde pueden comer todo lo que quieran; en las demás, pagas por cada platillo, o te sirven los cocineros).
 
Como hay canchas de todo tipo, gimnasios e instalaciones para hacer deporte, no hay chicos con sobrepeso, ni maestros tampoco.
 
Es una vida idílica, en pocos lugares sobre la faz de la tierra puedes imaginar a personas con mayores recursos para la felicidad que estos alumnos: tienen todo lo que quieren, les espera un futuro brillante. Son jóvenes, bellos, sanos y no trabajan, no hay mayores responsabilidades sobre sus hombros. Tienen la posibilidad de disfrutar esta etapa de su vida compartiendo con sus amigos todo: desde las clases hasta las habitaciones. Del deporte a las riquísimas bibliotecas. Tienen computadoras, buena ropa y todo lo necesario. En la mayoría de los casos, en escuelas como ésta, una familia que se preocupa por ellos y los espera en casas bien amuebladas y equipadas.
 
Este tipo de universidades tienen patronatos o fideicomisos, que administran un fondo y manejan el dinero para que rinda muchos beneficios, además de que reciben donativos muy importantes. En octubre pasado, un donador anónimo dio un regalo de 75 millones de dólares para que la universidad lo administre a su antojo. No venía etiquetado ese dinero, pueden hacer todos los proyectos que sean aprobados por la mesa directiva. Imagino ese fondo en cualquier programa educativo de México, sería increíble lo que se podría hacer, bien administrado.
 
En la planta baja de este edificio, hay un mueble con historia literaria. C.S. Lewis, autor irlandés, escribió en 1950 el primero de una serie de siete libros llamados “Las crónicas de Narnia”. Se titula El león, la bruja y el ropero. El escritor, amigo de J.R.R. Tolkien —autor de The Hobbit— se reunía con otros literatos en un grupo llamado The Inklings y juntos crearon un conjunto de libros para niños que son ahora clásicos.
 
Pues el dichoso ropero, es decir, el mueble verdadero que perteneció al escritor y en el cual se inspiró para escribir el libro, está aquí, a unos metros de donde yo les cuento esto. Un donador compró el ropero y lo regaló para que sea exhibido en la sala principal del edificio. Un inmenso león de peluche descansa sobre el armario con luna, y dentro —la puerta se puede abrir para asomarte a ese universo— hay disfraces de la bruja.
 
Confieso que yo no he leído la novela. Sé que es una alegoría del cristianismo, con raíces en las viejas leyendas anglosajonas. Lewis fue maestro de literatura inglesa en Oxford y en Cambridge por décadas. Me enteré de la existencia de esos libros hace apenas unos años, en las librerías de Boston, cuando ya no me interesaba la literatura infantil. Pero me encanta la idea de que venga la gente y se tome fotos con el ropero, y que los niños se asomen para ver los abrigos de piel de la bruja. Supongo que es equivalente a las peregrinaciones laicas de gente que va a Aracataca o a Comala para tratar de vivir el realismo mágico de García Márquez o la triste soledad de ultratumba de los personajes de Rulfo.
 
Yo realmente quería hablar con ustedes de la frivolidad y la riqueza. De los avances tecnológicos y la vida simple. Hemos tenido oportunidad de conocer la zona, sobre todo los fines de semana, y llegamos así a un centro comercial donde hay tiendas caras. Artículos superfluos y hermosos, que para alguien son indispensables, puesto que se venden.
 
En la calle principal hay desde un Saks Fifth Avenue hasta Nordstrom y tienditas pequeñas, tipo boutique. Una de ellas vende un espejo para afeitarse o maquillarse, que tiene diferentes tipos de luces, para que te arregles según la luz del día o las lámparas del salón de baile. Pero tiene un mecanismo que activa un zoom: un botón y el espejo duplica tu imagen. Otro toque con tu dedo y la vuelve a duplicar. Otro más: hasta cuatro veces. Es decir, que si no ves bien tus cejas o tus pestañas porque necesitas lentes, con este superartefacto vas a poder contar tus glóbulos rojos, y te ahorras la prueba clínica.
 
Dice Eduardo que por supuesto espejo no es, es decir, no es un vidrio tratado para lograr el reflejo, debe de ser algún material, quizá un polímero que hace las veces de espejo y logra esos efectos. Uno se queda boquiabierto. Y para quitarte el atarantamiento hay un remedio: te metes a una tienda donde venden veinte diferentes sillones que te dan masaje. Si estás solo en la vida, no te preocupes. El sillón te acaricia, te soba, te hace sentir bien. Quizá te pregunte cómo te fue durante el día. Te quita el cansancio desde los pies, porque los colocas en otro artilugio que sabe todo sobre la reflexología, y ahí estás, sintiendo las manos amorosas de esa silla eléctrica que en lugar de matarte te mueve los músculos de los hombros y te acomoda la columna vertebral. Todo eso, mientras contemplas un portarretrato que tienes en un estante, frente a ti, donde las fotos van cambiando. Tal cual: primero es una foto preciosa de tus amigos, luego la pantalla de plasma se transforma en la segunda imagen, y así por decenas de fotos.
 
A mí la tecnología me sorprende tanto, que no sé si es mi momento de usarla, o tengo que esperar a que todo el mundo la tenga y no sea tan cara. No soy como los chiquillos que nacen manejando los controles remotos y no se intimidan ante los aparatos. A mí como que me da miedo descomponerlos, me justifico pensando que realmente no los necesito, que son un lujo innecesario. Recuerdo a la sirvienta que teníamos en mi infancia, que se asombraba con la luz eléctrica. Comprendo su admiración ante los prodigios. De repente, como a ella, me apabulla el uso de estos complejos mecanismos, hablo de cosas como los teléfonos celulares, nada tampoco tan sofisticado. Y me cuestiono siempre si debo usarlos, si vale la pena.
 
En casa, me pregunto si la calefacción, el filtro de agua con ósmosis inversa o los aparatos de cocina serán realmente necesarios. No me animo a usar el tostador de café/molino. Mucha gente aquí va a las tiendas de café, hace sus propias mezclas, tanto por ciento procedente de Colombia y tanto por ciento de Veracruz, por ejemplo. Hay unas toallitas húmedas en los baños, para desinfectar los muebles (tinas, lavabos) y dejarlos con un aroma rico, en cuestión de segundos. Yo tiendo a limpiar la casa a la antigua. Ana Paula se ríe de mí. Me pregunto si estaré realmente viviendo mi tiempo, la época que me tocó, o seré más antigua que mis contemporáneos por tener estos pruritos.
 
Me digo por otra parte que nuestra familia no habría ganado nada si la sirvienta, hace cuarenta años, se hubiera alumbrado con una veladora por el temor de gastar la luz eléctrica de su cuarto. Es el viejo dilema sobre la calidad de la vida: ¿ahorro ahora, haciendo sacrificios para tener un mejor futuro, o disfruto lo que se me presenta, confiando en el mañana?
 
De vez en cuando la vida nos besa en la boca, dice Serrat. Y nosotros no sabemos, o no podemos, disfrutar con ella de ese acto de amor. Cuando estuve en España, en mi grupo había dos cubanas, la gente más simpática, más amable. A la menor provocación, recitaban a Martí. Eran lindas y parecían iluminadas por el sol de su isla en medio de la triste llovizna de Madrid. El gobierno español nos había becado a todos, directores de museos en América Latina, con el diplomado y recursos suficientes para pagar nuestro hospedaje. La mayoría llegó a hostales en el centro; yo pude alquilar un estudio en la casa de mi amiga Juana, artista maravillosa, en la zona más cara y castiza de la capital, el barrio de Salamanca.
 
Pero las cubanas, entusiasmadas de poseer esas pesetas, se privaron de muchos beneficios con tal de ahorrar para comprar algún aparato a su regreso, como un refrigerador usado. Así que llegaron a un departamento de un compatriota suyo, lejísimos, tenían que tomar el metro en una estación y luego cambiar de línea, ya saben, horas enteras de trayecto. Creo que este hombre subarrendaba su espacio, en un solo piso había muchos cubanos, quizá mis compañeras durmieron en la misma cama, por ejemplo. No comían con todos en la cafetería del museo (la comida completa nos costaba menos de cuarenta pesos) porque comían en el salón, o en el pasillo, lo que ellas llevaban de almuerzo en bolsas de papel. A todo aquello que costara dinero, ellas no asistían. Te daba pena, pero tampoco en el resto del grupo había alguien que pudiera ayudar.
 
Administrábamos nuestro dinero porque algunos íbamos a viajar después a algún otro país, salíamos de fin de semana. Yo tuve oportunidad de ir al cine, al teatro, a conciertos, a restaurantes muy lindos. El colmo fue que todos los libros que nos regalaron como parte del curso, o los que podíamos comprar a precios muy razonables, preciosos volúmenes de arte, ellas no pudieron llevarlos consigo, porque el gobierno cubano no permite que penetren materiales didácticos o literarios no autorizados. No hubo poder humano: los directivos del museo, los responsables del programa y otros funcionarios, trataron en vano de lograr que ellas pudieran transportar sus libros. Nosotros, los demás, los enviamos por correo para no cargar nuestras maletas demasiado. A veces así ocurre: estamos en un lugar bellísimo, y no podemos disfrutar de su belleza.
 
Hablando de aparatos y teléfonos celulares: el otro día, fuimos Eduardo y yo a comparar precios y servicios de telefonía. Haciendo fila, con su ficha en la mano esperando su turno para ser atendido, estaba Morgan Freeman. Yo quería saludarlo, hablar con él, decirle que había visto sus películas y que me fascinaba, pero mi marido ejerció su derecho de controlar a su impulsiva mujer, y me quedé con las ganas. El gran actor también se quedó sin el gusto de conocerme. Estaba solito, con sus jeans y su mirada inteligente, terminó su asunto, y se fue manejando su camioneta.
 
Quizás a él no le dé miedo usar todos los nuevos dispositivos electrónicos que Hollywood le ofrece. Tal vez Freeman besa a la vida en la boca, sin inhibición alguna.
 
Enero 26, 2007