La Niña
 
Un hombre de mar vestido como los piratas de los cuentos, con un pañuelo en la cabeza y una arracada de oro colgando de la oreja, disparó hace tres semanas el viejo cañón del muelle de Santa Bárbara para saludar a una pequeña carabela negra, que se acercaba al rompeolas para atracar en la marina. La embarcación respondió al saludo con otro cañonazo, y orgullosa echó el ancla para ser contemplada por la gente. Durante muchos días, en este malecón, chiquillos aventureros se subieron al barco de mano de los abuelos, y los abuelos sintieron una opresión en el pecho al entrar al único camarote, el destinado al capitán. Todos pudieron por un instante sentir que eran marineros del siglo XV.
 
El barco se llama La Niña y es la réplica exacta de una de las carabelas tripuladas bajo las órdenes de Cristóbal Colón, en aquel viaje descubridor que concluyó el 12 de octubre de 1492, cuando el almirante llegó a las costas de la isla Guanahaní, nombrada en un inicio San Salvador y que ahora se llama Watling, en el archipiélago de Las Bahamas.
 
Ese fue el momento que cambió la historia del mundo. El 17 de abril de 1492 habían firmado Isabel de Castilla y Fernando de Aragón las Capitulaciones de Santa Fe. Este contrato estipulaba las condiciones en que Cristóbal Colón haría su viaje de circunnavegación. El documento tiene dos partes, con un preámbulo que dice así: "Vuestras Altezas dan e otorgan a don Cristóbal Colón en alguna satisfacción de la que ha descubierto en las Mares Océanas y del viaje que agora, con el ayuda de Dios ha de fazer por ellas en servicio de Vuestras Altezas, son las que se siguen".
 
Esas dos palabras: “ha descubierto”, han puesto en vilo a cientos de estudiosos de la geografía, los viajes colombinos, la historia de América y las inmigraciones que poblaron nuestro continente.
 
Más tarde Colón, en presencia del escribano Alonso Pardo, ejecutó en Moguer una real provisión que, en nombre de los Reyes Católicos, le daba poderes para requisar tres carabelas en "... las cibdades e villas e logares de la costa de la mar de Andalucía como de todos los nros. reynos e Señorios ...". (Archivo General de Indias).
 
El marinero genovés navegó hacia el Occidente con tres naves: dos carabelas, La Niña y La Pinta, y la nao Santa María. La nave que nos ocupa fue nombrada Santa Clara, en honor del convento de monjas del Puerto de la Ribera de Moguer, en cuyos antiguos astilleros fue construida, entre 1487 y 1490. Sus propietarios eran los hermanos Niño, por lo cual los marineros le llamaron La Niña. Fue construida con maderas de pino y chaparro.
 
La réplica que tuvimos en Santa Bárbara es producto de un amoroso trabajo. Luego de mucho tiempo de investigación, un equipo de expertos, la construyó a mano en Brasil a lo largo de tres años, con los mismos moldes mediterráneos creados por los descendientes de los fabricantes de barcos del siglo XV. Ellos fueron contratados por Columbus Foundation, un organismo con sede en las Islas Vírgenes. En la construcción no se usaron herramientas modernas, y se respetó el diseño original al punto que carece de timón, porque este elemento náutico se inventó un siglo después.
 
La Niña original tenía sólo 20 metros de eslora (67 pies), y parece increíble que haya enfrentado el oleaje en alta mar, las tormentas, la fuerza del viento y las rocas cercanas a las costas, durante una larga vida marina. Su velamen latino fue transformado a velas cuadradas en la escala que la flotilla descubridora realizó en las Canarias, y ya en la isla de La Española se le instaló, junto a sus palos de trinquete, mayor y contramesana, un nuevo palo de mesana. Las velas carecían de rizos, por lo que no tenían un sistema de cabos que permitiera reducir la superficie en caso de fuerte viento. La carabela no tenía castillo de proa, y el alcázar era muy pequeño.
 
Los hermanos Pinzón, marineros de la tripulación colombina, eligieron a La Niña junto con La Pinta por ser muy maniobrable. La costeó el concejo de Palos como le fue ordenado en la real provisión enviada por los monarcas.
 
La Niña atravesó el Atlántico capitaneada por Vicente Yáñez Pinzón, con Juan Niño como maestre y pilotada por Sancho Ruiz de Gama. Tras el hundimiento de la nao Santa María, se convirtió en la nave capitana de la expedición. Al mando de La Niña iba Cristóbal Colón, y de la carabela La Pinta Martín Alonso Pinzón.
 
A su regreso a España, el día 14 de febrero de 1493, a la altura de las Islas Azores, se cruzaron con una fuerte tempestad que estuvo a punto de hacer naufragar las embarcaciones. La violencia del oleaje hizo que las carabelas perdieran contacto. La tripulación de La Niña cayó presa de angustia y desesperación. Cristóbal Colón, su capitán, decidió ofrecer el peregrinar en romería al Convento de Santa Clara como acción de gracias para superar tan difícil situación. La tormenta amainó. La Niña llegó al puerto de Palos el 15 de marzo de 1493; de ahí la tripulación se encaminó hacia Moguer, con Cristóbal Colón, los Niño, los marineros, algunos indios y papagayos. La gente, alegre, los vio llegar al Convento de Santa Clara donde cumplieron el voto realizado. Encendieron un cirio y oraron toda la noche.
 
Las tormentas en alta mar fueron por muchos siglos augurio de desastre. Muchas terminaban en naufragios y los tripulantes morían ahogados sin remedio. Los marineros de la flota a cargo de Sebastián Vizcaíno dedicaron esta costa californiana a Santa Bárbara porque tenían la convicción de que ella intercedió para rescatarlos de una tormenta terrible, el 4 de diciembre de 1602. Por ese motivo, ella es la santa tutelar de la misión, donde nació el pueblo, que se volvió ciudad y sede de condado.
 
Volviendo a la historia de La Niña, el 25 de septiembre de 1493 formó parte de la flotilla del segundo viaje de Colón. Ya en las nuevas tierras, partió como capitana de un viaje de exploración en el que se descubrieron Jamaica y la costa sur de Cuba.
 
En el puerto de Haití, un ciclón hundió en el verano de 1495 a todos los barcos amarrados a puerto, excepto a esta carabela, el único navío que no naufragó. Esta fortaleza hizo que La Niña sirviese de modelo al primer barco construido en América, la carabela Santa Cruz, conocida como La India. Luego, La Niña regresó a España con la segunda expedición colombina el 11 de junio de 1496.
 
El último viaje de La Niña del que tenemos noticia fue una expedición a Haití, después de que el navío fuese reparado y calafateado en Palos. Apenas 35 días después de su partida, La Niña arribó a Haití en uno de los más rápidos viajes trasatlánticos de su época. Se cree que duró todavía varios años viajando entre ambos continentes, acariciando ambas costas, trayendo consigo invenciones prodigiosas, frutas tropicales, animales exóticos, tesoros que contenían perlas, oro, piedras preciosas, con tripulaciones políglotas en busca de nuevas tierras, hechas de marineros forzudos, convictos liberados para el propósito, traductores, cronistas y frailes utópicos.
 
La Niña contemporánea, su réplica, recorre el continente participando en festivales marítimos de ambas costas, para lo cual atraviesa el Canal de Panamá y lo mismo se detiene en diferentes puertos, causando asombro entre los incrédulos pescadores y dueños de barcos. Tiene un motor a diesel Mercedes Benz de seis cilindros, que se usa sólo cuando los vientos no son favorables. Y no trae a bordo el sistema de poleas y sogas que usó Colón para colgar los vacas y cerdos vivos con que alimentaría a su tripulación, sino refrigerador y cocina miniatura, de tecnología de punta.
 
El cineasta Cristopher Columbus, antes de cobrar nueva fama dirigiendo las dos primeras cintas de Harry Potter, usó la réplica de La Niña para rodar, acatando los designios que acarreaba su nombre, su película “1492”. Con las cuotas que recibe La Niña de los productores de cine y la gente que la visita, se ha pagado el sueldo de sus marineros, el costo de sus viajes y la investigación que requiere su manejo.
 
Tengo que confesar que me encantan las réplicas. Me mueve la peregrina idea de que todas las personas tienen derecho de ver, por una vez en la vida, una ciudad con la que han soñado, un monumento que tiene para ellos un significado especial, un animal exótico, una selva los que viven en el desierto, una montaña cubierta de nieve los seres que viven en tierras templadas.
 
Somos muchísimos millones en este mundo: seis mil. Es imposible que todos vayamos a Venecia, Egipto y Atenas. Podremos soñar con ver un volcán en erupción pero muy pocos, en relación con los números totales, pueden alcanzar el sueño.
 
En el cementerio Forest Lawn de Los Ángeles, inmenso jardín dedicado al descanso eterno, hay una colección de esculturas que son copia exacta de las creaciones de Miguel Ángel. Fueron labradas en el mismo mármol del yacimiento de Carrara de donde se proveyó el artista. No es lo mismo, me dirán algunos, ver el David en Florencia o La Piedad en el Vaticano, que contemplar sus contrapartes en una de las capillas del camposanto. De acuerdo. Pero algo de la magia del original se traduce a la réplica, como ocurre en la Cueva de Altamira. Muy pocos hemos penetrado a la auténtica sala policroma llena de bisontes, caballos, cabras, esculturas y dibujos sin interpretación exacta. Pero la réplica recibe a miles cada día. Les muestra una representación idéntica y maravillosa. Les hace vibrar, estruja sus fibras interiores y hace con ellas un nudo poderoso. Muchos días después se afloja ese nudo, cuando terminamos de entender el flujo de la historia humana.
 
Cuando leemos, tenemos en las manos una copia más, entre miles o millones de libros impresos en una industria. No nos afecta el hecho de no tener el manuscrito del autor, y por otra parte, esas galeras garabateadas no son fáciles de leer. Esto me consta, tras años de dedicarme a editar textos ajenos.
 
En la oscuridad de la sala, suspendemos la incredulidad para ver una serie de mentiras en una pantalla donde se reflejan las imágenes surgidas de un proyector. A nadie se le ocurre pensar que por no ver la cinta original estemos perdiendo algo de la experiencia. En el teatro, personas de carne y hueso, subidos en el escenario, dicen palabras que no escribieron, haciendo movimientos bajo las órdenes de un director que sigue un libreto. Todo es representación, incluso lo que ocurre de improviso.
 
Ustedes están leyendo palabras iguales a las que yo escribo en este momento en mi computadora. Son las mismas, pero no son las mismas. Son una réplica.
 
 
Diciembre 6, 2008