Nostalgia por un Querétaro que pronto
desaparecerá
Hace
más de diez años conocí a Araceli Ardón, aparentemente de manera fortuita;
ahora, mirando hacia atrás, veo que el encuentro no fue tan fortuito, bien
dicen que las casualidades no existen y que “Dios los hace y ellos se juntan”.
El
Querétaro que estaba desapareciendo fue siempre una preocupación para Araceli;
era importante dejar un testimonio escrito de una manera de vivir que ya no les
tocaría a nuestros hijos y nietos. Con frecuencia conversábamos sobre esto,
ella con su perspectiva de queretana y yo con la de quien había venido de la
capital buscando precisamente lo que en nuestra ciudad se había perdido.
Pasaron los años y una mañana, tomándonos un café, Araceli me dijo con su
habitual entusiasmo: “Cómo se me antoja escribir una novela sobre el Querétaro
de antes, sobre su gente y esas costumbres que me tocó vivir y que están
desapareciendo”, y saboreándose: “hay tantas historias dignas de contarse”,
insistió con la cara de travesura malévola que pone cuando está tramando algo.
A mí me encantó la idea y por supuesto la animé a que lo hiciera. Ahora, a la
vuelta de dos o tres años, veo con mucho gusto que la idea no se quedó en
plática de café y que gracias a su tenacidad y al proyecto de Ediciones Vieira,
el libro se hizo realidad.
La
lectura de Historias íntimas de la casa de don Eulogio es como sentarse a oír que alguien nos cuente el chisme sabroso,
elocuente, de lo que sucedía en tantas casas queretanas desde principios de siglo
hasta hace unos cuantos años. El tono nostálgico permea toda la obra; la mirada
de la autora no deja de dolerse y también de solazarse en esa vida de antaño
que el avance tecnológico y la desenfrenada inmigración han venido borrando muy
a nuestro pesar.
La
casa de don Eulogio, profesor amante de las letras, es un botón de la muestra.
Historias como la de la familia Márquez han tenido como marco casonas cuyos
muros y portones guardan aún las voces y la presencia de quienes las habitaron;
el aroma a madera fina y a papel viejo de las bibliotecas; los olores y sabores
variadísimos de su cocina que parecen estar escondidos en los recovecos de sus
braseros, de las alacenas, de los comedores señoriales.
Araceli
extrae del archivo de la memoria y de las historias que ha escuchado desde
niña, cada uno de los detalles que hacían de la vida de esos tiempos un remanso
de paz (por lo menos así nos lo hace ver) y un estímulo constante a los
sentidos. El canto de los pájaros en la huerta, el brillo opalino de la cantera
y de los adoquines, el olor a canela en la cocina como contrapunto al de la
cebolla, el chile jalapeño y la masa en el comal de las tortillas echadas a
mano por Trini, la nana de toda la vida, personaje inherente al pasado de
México, que ahora pertenece a la historia.
Rosario,
nieta de don Eulogio, tiene tiempo suficiente —y
esto sucede hace apenas unos años— para tomarse “un café mientras Trini
desayunaba, muy cerca una de la otra, hablando de los niños y del mercado, de
la lluvia y de las hierbas de olor, frente a una mesa de madera limpia, recién
encerada, enteramente guapa con su mantel blanco y su vajilla de porcelana, sus
cubiertos pulidos y el pan de levadura horneado al tiempo de la primera luz del
sol”. (p. 40)
Cuando en la lectura miramos escenas como ésta, no
nos queda más que envidiar la vida de aquellas familias para las que el tiempo
era un espacio vastísimo en que había lugar para la conversación, para el
disfrute pleno de los momentos en donde no cabía la marcha desenfrenada contra
el reloj.
Paralelamente al trabajo de remodelación que
Francisco, como arquitecto, lleva a cabo en la casa de don Eulogio, y a través
de las memorias y cartas de éste que Rosario encuentra en la biblioteca, la
autora nos va enterando del transcurrir de la vida a lo largo de tres
generaciones de la familia Márquez, modelo de la sociedad burguesa queretana,
amante de sus tradiciones y de su historia, con su conservadurismo arraigado,
sus prejuicios y su resistencia a aceptar a nadie nuevo en la exclusividad de
su círculo.
Si echamos un vistazo a los personajes de la novela,
vemos que son estereotipos propios de la época. Las mujeres: Isabel, Elisa, las
Mendoza, incluso Rosario, están dedicadas al hogar o son solteronas, conformes
con el papel que les tocó desempeñar, sin conflictos de identidad ni mayores
aspiraciones que pongan en entredicho su “integridad” femenina. La única
excepción sería Maricruz, actricita liberal que no llega a adquirir estatura en
ningún momento.
Los hombres, por su lado, cumplen con su papel de
profesionistas, jefes de familia, proveedores y perpetuadores de la especie. La
vida de familia no se trastoca ni aun por el movimiento de liberación femenina
que si bien ha traído tantas ventajas para la mujer en especial, también ha
hecho trastabillar severamente la estabilidad familiar.
Enhorabuena
para ella y para Ediciones Vieira-Santiago que con este libro abre una nueva
etapa editorial en Querétaro, la cual publicará escritores reconocidos y dará
impulso a gente desconocida y sin acceso al mercado editorial del país.
Querétaro, 1998