Mis ancestros
Cuando se vive una infancia
llena de momentos mágicos, es muy fácil caer en las redes de la literatura, y
quedarse atrapado para siempre en sus enredijos. Provengo de una familia con
raíces en Guatemala y México, que tiene orígenes lejanos en las dos regiones
vascas: la francesa y la española. Crecí oyendo historias que contaban mi
madre, sus hermanos y sus primos, todos ellos miembros de la familia de mi
abuela materna. La formación moral de esta mujer que vivió 99 años de buena
salud tenía un sustento claro y firme: el espíritu tenía que ser fuerte y el
comportamiento impecable; no decir mentiras ni para consuelo de los afligidos.
Mi abuela llamaba al pan,
pan, y al vino, vino. Era incapaz de pronunciar palabras de halago a una madre
recién estrenada con un retoño de piel arrugada, rasgos toscos y piel color
bermellón, y mientras las demás personas actuaban su parte comentando la
belleza de la criatura, mi abuela guardaba prudente silencio o daba su opinión
sincera ante el pequeño grupo de sus hijos y nietos. Tenía la conciencia
transparente, jamás gozó de un centavo que no le correspondiera, nunca hizo mal
a nadie y esa congruencia de espíritu y cuerpo, ese hablar lo que se siente,
sentir lo que se vive, vivir lo que se habla, le permitió tener una salud de
hierro contra todos los presagios médicos: no hacía ejercicios aeróbicos,
comió carne de cerdo (y la piel, convertida en riquísimo chicharrón), salsas de
chiles picantes y frijoles refritos y tomó copas de tequila como aperitivo
hasta el final de la vida. Leía el periódico sin lentes y escuchaba casi todo
sin auxiliares en los oídos.
Tuve por mucho tiempo la
ilusión de heredar su vista, pero el oftalmólogo me ha dicho que eso no es
posible; que su caso era excepcional porque con un ojo veía muy bien de cerca,
era miope, mientras el otro servía para mirar a lo lejos, era hipermétrope. La
combinación de ambas condiciones le garantizaba una visión perfecta, desde el
fondo de sus ojos azules, llenos de bondad.
Su familia era escéptica
respecto de embrujos y hechizos, y no se daba a la superstición. Sin embargo,
los tíos abuelos contaban leyendas de lo que había ocurrido en el pueblo en
otras épocas, y en mi imaginación, aquellas historias cobraban fuerza y se
convertían en personajes que pronunciaban palabras y hacían suyas las hazañas
narradas.
El rancho que fue de mi
abuelo, en el noreste de Guanajuato, nos acogía como un reino privado donde él
ejercía su autoridad. Tenía árboles que eran un refugio para leer libros de
aventuras, y uno podía ver hasta los linderos, sintiendo que ese territorio era
un espacio para la libertad, para correr sin miedo, donde los niños estábamos
protegidos por algo más que la buena salud: era un permiso para vivir y jugar
sin trabas, como si nunca nos fuera a pasar nada malo. Como si tuviéramos un
aura, una armadura invisible que nos volvía invulnerables.
Frente al rancho había
cerros altos e imponentes. Uno de ellos se llamaba Juego de Barras. Mis tíos
nos contaban de los bandoleros virreinales que asaltaban las diligencias en el
Camino Real de la Plata, esa carretera trazada por órdenes monárquicas que
comenzaba en la Ciudad de México y atravesaba los ricos minerales de Pozos,
Guanajuato, San Luis Potosí, Durango, Chihuahua y terminaba en Santa Fe de
Nuevo México. Los carromatos que venían de regreso de las minas, cargados de
lingotes de oro, eran tomados a la fuerza por los bandidos, sus ocupantes
muertos o desaparecidos, y el botín escondido en las cavernas del cerro. Los
ladrones, por las noches, jugaban a los naipes: el perdedor entregaba a sus
compinches algunas de sus barras del metal precioso. Una vez los atraparon y
los metieron a la cárcel sin que pudieran ver de nuevo la luz. Las barras
quedaron en el interior del cerro.
Ver esos montes con su
tesoro oculto echaba a volar mi mente ávida de historias, que no de oro y
piedras valiosas.
Mi abuelo era un ranchero
que sabía de caballos, hacía suertes charras y se vestía con la elegancia de la
ropa hecha para esos jinetes de prosapia. A los cuarenta años se le diagnosticó
una diabetes que por el resto de su vida lo puso varios veces a la orilla de la
muerte. Durante toda mi infancia supe de la preocupación de mi madre y sus
hermanos por la salud de su padre, que se encontraba a merced del equilibrio
bioquímico que corría por sus venas. Yo sabía que mi abuelo no debía comer
dulces y sin embargo llevaba caramelos en los bolsillos, no para delicia de sus
nietos, sino para la emergencia que supondría una baja de glucosa. Estuvo
varias veces internado en hospitales y en el Instituto Nacional de Nutrición,
una de ellas durante meses, para recuperar el peso que perdía su cuerpo. Alguna
vez llegó a estar en coma. Yo sabía desde entonces que el siguiente paso era el
punto final: era como si los signos de la escritura marcaran también el compás
de la vida. Atisbaba a los mayores cuando mis tías preparaban la aguja
hipodérmica que hervía en la estufa para ser esterilizada junto con su jeringa
de cristal; veía a mi abuelo levantarse sin temor la manga para apretar la liga
que sometía la circulación del brazo. Luego procedía la inyección. Siendo niña,
no había dolor al que yo temiera más, y sin embargo mi abuelo se dejaba hacer
con la naturalidad del que come o lee las noticias. Muchas reflexiones
infantiles sobre la vida y la muerte, la enfermedad y la salud, tuvieron lugar
en mi mente a raíz de la delicada situación de don Wulfrano Martínez y
Martínez, mi abuelo materno.
Me llamaba Palomita. Me
hablaba con toda la ternura que puede caber en el corazón de un hombre de campo
en el altiplano mexicano; cuando llovía, me cobijaba con una esquina de su
sarape, hecho en Saltillo con lana virgen. Al llegar diciembre, comíamos
cacahuates que íbamos abriendo con calma, retirando la cáscara del fruto con los
dedos, disfrutando las semillas mientras el aroma del ponche que hervía en la
estufa llenaba el aire. Era una infusión de tamarindo, flor de jamaica, caña de
azúcar, fruta de tejocotes, guayabas y cítricos, coronada por trozos de nuez.
Era la Navidad mexicana con toda su explosiva belleza: piñatas, cánticos, el
paseo de los peregrinos. Yo estaba al lado de mi abuelo. No hay en el mundo
mejor albergue, nada mejor que sentarse al lado de un hombre mayor, que habla
con experiencia y sabiduría, lleno de afecto y respeto por el niño o niña que
lleva su sangre, su apellido y su manera de comprender la vida, y por el hombre
o la mujer que será dentro de algunos años.
Mi abuelo me llevó consigo
varias veces a recorridos cortos: para visitar a su notario en otra ciudad,
para resolver algún asunto de la burocracia. Yo iba de su mano como si él me
pudiera defender de todos los peligros. Me enorgullecía que me escogiera como
su compañera de viaje.
Mis padres, mientras tanto,
vivían enamorados. Yo no lo valoraba. Los veía contentos, se saludaban con
besos, cantaban a dúo tangos y canciones románticas. Yo pensaba que todas las
parejas se llevaban igual. En aquel tiempo, los años sesenta del siglo veinte,
el divorcio tenía mala fama, las mujeres casadas no solían tener trabajo fuera
de casa que les garantizara una subsistencia digna, y en muchas casas se vivía
un infierno. Sin embargo, el tejido social parecía firme, sólidas las
instituciones a partir de la presidencia de la República, y la patria nos
acogía a todos con su historia interesante, su arte indígena, su arquitectura
virreinal, un presente de crecimiento sostenido y un futuro que se preveía
esplendoroso.
Tengo un hermano mayor y
siete hermanos menores. En la ciudad de Querétaro, donde vivíamos nosotros y la
mayor parte de mi familia materna, este número de hijos era común, pasaba
desapercibido. Ocho de nosotros llegamos a la edad adulta. Juan Carlos murió en
un accidente de carretera a los nueve años. Los demás conservamos a la fecha
una amistad sin trabas, y nos hablamos con la verdad, esa verdad estilo vasco
de mi abuela, que a veces duele. Al día siguiente volvemos a querernos con toda
el alma.
En una ciudad descrita en mis libros, de rígida moral provinciana y costumbres arraigadas en las piedras de sus muros, las parejas bien avenidas llegaban a tener entre diez y quince hijos. Tengo amigas y condiscípulas que cuentan con cuarenta primos hermanos a los que ven con frecuencia. Así que tener siete hermanos me parecía la cosa más natural del mundo, hasta que me enfrenté a sociedades distintas, donde mi caso les ilustraba el estereotipo de la familia hispanoamericana católica y conservadora.
En casa nunca sobraba el
pan. Una charola de bizcochos, un paquete o dos de pan de caja ya rebanado, lo
que se comprara para la merienda o el desayuno, se acababa en ese mismo rato.
Por esa razón, cuando llegamos mi marido y yo de regreso de luna de miel a
vivir a Boston, Massachusetts, lo primero que hice al regreso del mercado fue
poner todo el pan de un paquete grande sobre un platón y tirar la bolsa de plástico
a la basura. Eduardo me preguntó por qué razón me deshacía yo del empaque. No
lo pensé, le contesté. Era un acto reflejo, una costumbre inmemorial: no tenía
yo antecedentes de que sobrara pan después de comer. Hace poco llamé por
teléfono a mi padre y le agradecí que hubiera trabajando mucho, con tanto
ahínco y por tantos años, para comprar los paquetes de pan que mi familia
consumía cada día. Me respondió que para él era un alivio tenernos a nosotros
cerca, que nos comiéramos ese alimento. Imagínate, hija, qué haría yo a estas
alturas de la vida, con una bodega llena de pan.
El pan nuestro, que en casa
se comía con voracidad apurado con ocho litros de leche diarios y kilos de
carne, de huevos, cajas de galletas, de chocolates. Mi padre compraba la
despensa máxima que le permitía su sindicato. Luego le compraba a sus
compañeros las excedencias, lo que ellos no necesitaban. El día que metíamos la
despensa a la camioneta en que nos transportábamos, se llenaban todos los
espacios disponibles. Una vez llevábamos a un chico amigo de Toño, mi hermano
mayor. Cuando llegamos a casa, el muchacho salió de su mutismo para preguntar
dónde se encontraba la tienda de abarrotes. Creía que íbamos a surtir el
negocio donde vendíamos alimentos y artículos de limpieza.
Mi familia paterna vive en Guatemala. De mi abuelo sólo sé que era un hombre bueno y callado, que atendía su propio negocio en la capital de la nación. Mi hermano mayor lleva su nombre: Gilberto. También se llama Antonio, como mi padre. Mi abuela María de Jesús, ya viuda, nos visitó varias veces cuando yo era niña. Vivió una larga y saludable vida, murió a los 95 años. La fortaleza de mis abuelas alienta mi esperanza de llegar a la novena década en buenas condiciones físicas y mentales.
Mi padre
llegó a México a trabajar a sus dieciocho años, y por un tiempo aprendió su
oficio bajo las órdenes del ingeniero Carlos Peimbert, que más tarde lo trajo
consigo a construir un tramo de la carretera federal 57: Querétaro-San Luis
Potosí. Al vivir en San José Iturbide, donde radicaba mi madre, se enamoró de ella de una vez y para siempre. Se
casaron en 1956, y medio siglo después celebramos sus bodas de oro a unos pasos
de la casa donde se hizo el primer banquete.